✨La misericordia de Dios siempre nos habla a tiempo✨
“Porque el Señor al que ama, disciplina…” (Hebreos 12:6)
Ayer viví una experiencia muy agradable. Compartí un convivio con los jefes y supervisores de mi trabajo en una hermosa finca en Juayúa. Fue un día diferente. Disfruté de la naturaleza, de las conversaciones, de la buena comida y, por un momento, sentí que dejaba atrás el estrés y las presiones de la rutina.
Humanamente hablando, fue un tiempo muy bonito.
Sin embargo, mientras sonreía y compartía con todos, había algo dentro de mí que no encontraba paz. Era esa voz silenciosa que muchas veces intentamos ignorar, pero que nunca deja de hablarnos cuando pertenecemos a Dios.
No era culpa por estar con mis compañeros de trabajo. Era algo más profundo.
Era la sensación de que, poco a poco, el ritmo de la vida, las nuevas responsabilidades, las ocupaciones y los afanes estaban comenzando a ocupar un lugar que solo le pertenece al Señor. Sin darme cuenta, estaba empezando a ceder terreno. No de un día para otro, sino de esos pequeños pasos que parecen inofensivos, pero que, si no se detienen a tiempo, pueden alejarnos del propósito eterno de Dios.
Hoy, durante el servicio en la iglesia, el Señor habló por medio de la profecía.
Escuché palabras que parecían haber sido pronunciadas directamente para mi corazón: que el camino por el que comenzaba a transitar conducía a destrucción, que yo conocía el final de ese camino y que aún estaba a tiempo de regresar.
No sentí condenación.
Sentí misericordia.
Porque esa es la diferencia cuando Dios habla. Él no expone nuestras debilidades para avergonzarnos, sino para rescatarnos antes de que sea demasiado tarde.
¡Qué inmenso es el amor de Dios!
Él pudo haber guardado silencio y permitirme seguir avanzando según mis propios deseos. Pero no lo hizo. Su amor fue más grande que mi distracción. Su misericordia fue más grande que mi debilidad.
Y comprendí algo que jamás quiero olvidar: cuando el Espíritu Santo nos incomoda, no es para robarnos la alegría; es para proteger nuestro destino.
Muchas veces pensamos que alejarnos de Dios comienza con un gran pecado. Pero no siempre es así. A veces comienza con pequeños descuidos, con prioridades desordenadas, con el cansancio, con los afanes de la vida o con esa falsa sensación de que todo está bajo control.
Hasta que un día el Señor, con infinita paciencia, vuelve a llamarnos por nuestro nombre.
Hoy decidí responder a ese llamado.
No porque sea fuerte o porque crea que nunca volveré a fallar. Al contrario. Lo hago porque reconozco mi fragilidad y porque entiendo que, lejos de Él, soy capaz de perder el rumbo.
Quiero volver a alinear mi corazón con Su voluntad. Quiero que mi mayor deleite siga siendo Su presencia. Quiero caminar nuevamente por el propósito para el cual fui llamada.
Y si tú también has sentido que los afanes de la vida están apagando poco a poco tu pasión por Dios, hoy quiero decirte algo: si Él aún te habla, es porque todavía te está extendiendo Su misericordia.
No ignores Su voz.
Cada llamado de Dios es una oportunidad para volver a casa.
Porque la misericordia de Dios siempre llega antes que nuestra caída, para recordarnos que aún estamos a tiempo de regresar a Sus brazos.
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