✨Cuando dejé de mirar el problema y volví a mirar a Dios✨
Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que escribí aquí, y antes de continuar quiero pedirte disculpas por mi ausencia. Este blog nació como un espacio para compartir lo que Dios ha ido haciendo en mi vida, y aunque muchas veces he escrito desde la alegría, la esperanza y la gratitud, hoy quiero escribir desde un lugar diferente: desde un corazón que ha estado atravesando días difíciles.
Este primer mes sin mi abuelita ha sido duro. Muy duro.
Su ausencia ha dejado un vacío que todavía estamos aprendiendo a vivir. Pero, además del dolor de su partida, como familia hemos tenido que enfrentar situaciones serias que han querido sacudirnos, dividirnos y hacernos sentir que todo lo que habíamos avanzado en el Señor se desmoronaba frente a nuestros ojos.
Hubo momentos en los que parecía que habíamos retrocedido kilómetros.
Y debo reconocer algo: estos últimos días han sido especialmente difíciles para mí.
Hoy, mientras regresaba a casa en el bus, venía con una mezcla de emociones que apenas podía ordenar. Sentía enojo, frustración, tristeza, desánimo e impotencia. Esa sensación de querer hacer algo para cambiar las circunstancias, pero no encontrar qué hacer. Querer resolverlo todo y descubrir, una vez más, que hay situaciones que simplemente no están bajo nuestro control.
Y mientras miraba todo lo que estaba sucediendo, Dios me hizo recordar algo.
No estoy sola.
Él sigue allí.
No se fue.
No dejó de escucharme.
No dejó de trabajar.
La que había dejado de mirar era yo.
Había puesto mis ojos en el problema, en las circunstancias, en las palabras, en lo que estaba sucediendo alrededor de mi familia. Había permitido que todo aquello ocupara tanto espacio en mi mente que, sin darme cuenta, dejé de mirar a Aquel que siempre había estado conmigo.
Y entonces entendí que quizás el problema no era solamente lo que estaba viviendo, sino el lugar desde donde lo estaba mirando.
Cuando nuestros ojos están puestos únicamente en la prueba, la prueba parece gigantesca.
Cuando nuestros ojos vuelven a Dios, comenzamos a recordar que Él sigue siendo mucho más grande que aquello que estamos enfrentando.
La Biblia dice:
“Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará.”
Salmos 37:5»
Qué difícil es confiar cuando no entendemos lo que está pasando.
Qué difícil es descansar cuando queremos respuestas.
Qué difícil es reposar cuando nuestro corazón quiere luchar por cambiar cada circunstancia.
Pero quizá precisamente ahí está el aprendizaje que Dios quiere producir en nosotros.
Estamos en el año del Deleite, y debo admitir que algunos días me he preguntado cómo puedo hablar de deleite cuando estoy atravesando momentos que me han hecho llorar, enojarme, sentirme frustrada y hasta preguntarme qué sigue después de todo esto.
Pero hoy creo que estoy comenzando a entenderlo.
El deleite no significa que no habrá problemas.
El deleite no significa que todo saldrá como nosotros queremos.
El deleite tampoco significa vivir una vida sin pruebas.
Quizás el verdadero deleite está en aprender a descansar en Dios aun cuando no entendemos el proceso.
En confiar en que Él está haciendo algo aunque todavía no podamos verlo.
En creer que existe un propósito detrás de aquello que hoy nos duele.
Porque cuando aprendemos a confiar y reposar en Él, nuestra mirada comienza a cambiar.
Dejamos de visualizar únicamente el problema y comenzamos a visualizar la dimensión hacia la que Dios quiere llevarnos.
Y eso cambia todo.
Tal vez hoy tú también estás atravesando una temporada que te está sacudiendo. Tal vez sientes que has retrocedido, que has perdido fuerzas o que las circunstancias han conseguido robarte la paz.
Quiero recordarte algo que hoy Dios me recordó a mí:
No estás sola. Él sigue allí.
Aunque no lo veas, Él está obrando.
Aunque no entiendas, Él sigue teniendo el control.
Aunque hoy llores, tu historia todavía está siendo escrita.
Y aunque sientas que has retrocedido kilómetros, Dios puede utilizar incluso este proceso para llevarte mucho más lejos de lo que imaginabas.
Hoy quiero volver a mirar a Dios.
No porque los problemas hayan desaparecido.
Sino porque finalmente recordé que mi problema nunca fue más grande que mi Dios.
Y quizás ese sea precisamente el deleite que Él quiere enseñarme en esta temporada: no deleitarme solamente en lo que Él puede hacer por mí, sino aprender a deleitarme en quién Él es, aun cuando todavía no puedo ver lo que está haciendo.
Así que hoy decido descansar.
Decido confiar.
Decido volver mis ojos hacia Él.
Y aunque todavía haya lágrimas, incertidumbre y preguntas, también hay algo que permanece intacto:
Dios sigue siendo Dios.
Y eso me basta para continuar.
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