Hasta pronto: cuando el amor aprende a soltar

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.”

Salmos 90:12

Hay silencios que hablan más que mil palabras.

Hace ya varios días que no escribía en este espacio. No era falta de inspiración; simplemente mi corazón ha estado ocupado viviendo uno de esos capítulos que nadie quisiera escribir.

Mi abuelita atraviesa un proceso de salud muy delicado. Los médicos fueron claros: probablemente estos serían sus últimos días. Después de permanecer hospitalizada, nos recomendaron llevarla a casa para que pudiera pasar sus últimos momentos rodeada del amor de su familia.

Desde entonces, ella permanece en cama.

Han sido días largos, emocionalmente agotadores. Mi madre y mis tíos han dedicado cada hora a cuidarla con un amor admirable. Cada medicamento, cada comida, cada desvelo y cada caricia son una forma silenciosa de decirle: “Te amamos y estamos contigo.”

Y mientras la veía descansar, entendí algo que muchas veces olvidamos.

La vida cambia en un instante

Todavía puedo recordar el domingo anterior a que todo ocurriera.

Como cada domingo, la llevamos a la iglesia. Después compartimos el almuerzo en familia. Reímos, conversamos, disfrutamos de su compañía… sin imaginar que solo unos días después todo cambiaría.

El miércoles de esa misma semana su estado de salud se agravó.

Así de frágil es la vida.

Creemos que siempre habrá otro domingo, otra llamada, otra visita, otro abrazo… pero la realidad es que ninguno de nosotros tiene garantizado el mañana.

La Biblia lo expresa con una claridad impresionante:

“No sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.”
Santiago 4:14

No es un mensaje para vivir con miedo, sino para vivir con intención.

Ama hoy.

Perdona hoy.

Abraza hoy.

Llama hoy.

Agradece hoy.

Porque el tiempo es un regalo que nunca vuelve.

También aprendimos a orar diferente

Durante estos días nuestras oraciones cambiaron.

Al principio pedíamos un milagro.

Después comprendimos que el mayor acto de amor también podía ser aprender a soltar.

Con lágrimas le dijimos al Señor:

“Padre, si ya es su tiempo, recíbela en tus brazos. Ya no queremos verla sufrir.”

No fue una oración de resignación.

Fue una oración de confianza.

Porque entendimos que amar también significa dejar que Dios haga lo mejor, aunque nuestro corazón quisiera retener para siempre a quien ama.

Para el creyente no existe un adiós definitivo

Es imposible decir que no duele.

Claro que duele.

Extrañaremos su voz, sus consejos, sus abrazos, sus ocurrencias y cada recuerdo construido a lo largo de tantos años.

Pero nuestra esperanza no termina donde termina esta vida.

Jesús hizo una promesa que sostiene nuestro corazón:

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí… Voy, pues, a preparar lugar para vosotros… para que donde yo estoy, vosotros también estéis.”
Juan 14:1-3

Y el apóstol Pablo escribió:

“No queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza.”
1 Tesalonicenses 4:13

Lloramos, sí.

Pero lloramos con esperanza.

Porque sabemos que, para quienes pertenecemos a Cristo, la muerte no tiene la última palabra.

No es un adiós eterno.

Es un hasta pronto.

Aprovecha a quienes aún puedes abrazar

Después de vivir estos días, solo puedo decirte esto:

No esperes una cama de hospital para decir “te amo”.

No esperes un diagnóstico para visitar a tus padres o a tus abuelos.

No esperes un funeral para recordar cuánto significaba alguien para ti.

Hazlo hoy.

La vida es demasiado breve para postergar el amor.

Si hoy tienes el privilegio de abrazar a quienes amas, hazlo fuerte.

Escucha sus historias.

Ríe con ellos.

Ora con ellos.

Atesora esos momentos, porque un día descubrirás que los recuerdos son algunos de los regalos más valiosos que Dios nos deja.

Una oración desde mi corazón

Señor, gracias por el regalo de la familia.

Gracias por cada recuerdo que nos permites guardar en el corazón.

Enséñanos a valorar el tiempo, a amar sin reservas y a vivir conscientes de que cada día es un regalo tuyo.

Y cuando llegue el momento de despedir a quienes amamos, recuérdanos que, en Cristo, la despedida nunca es definitiva.

Porque un día, por tu gracia, volveremos a encontrarnos.

Amén.


“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.”
Filipenses 1:21


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