Cuando Dios te envía con propósito

Han pasado varios días desde la última vez que escribí en este espacio… en El Diario de un Salmista. Y aunque su nombre habla de constancia, hoy entiendo que no siempre se trata de escribir todos los días, sino de vivir cada día con Dios… y luego, cuando el corazón rebosa, dejarlo fluir en palabras.

En estos días, Dios me ha permitido aprender más de lo que imaginaba.

Me ha llevado a un lugar nuevo, a un trabajo donde humanamente podría decir que no tenía experiencia. Un terreno desconocido, retos nuevos, inseguridades silenciosas… pero también, una oportunidad divina.

Ayer, Dios confirmó algo en mi corazón por medio de mi pastora: yo tengo una misión en ese lugar.

No estoy ahí por casualidad.

No llegué por suerte.

No es coincidencia.

Dios me ha recordado que dondequiera que vaya, soy de bendición.

Y no, no porque sea perfecta.

No porque lo haga todo bien.

No porque tenga todas las respuestas.

Sino porque soy su hija.

Porque he decidido creerle a su Palabra, incluso cuando mis capacidades parecen insuficientes. Porque Él dijo que todo lugar que pisare la planta de mis pies sería bendito… y hoy decido caminar con esa verdad como estandarte.

He entendido que mi presencia en ese lugar no es solo para aprender o crecer profesionalmente… sino para reflejar a Cristo.

Para que, en medio de lo cotidiano, alguien pueda ver luz.

Para que, en medio de lo difícil, alguien pueda encontrar esperanza.

Para que, en medio de lo humano, alguien pueda sentir a Dios.

Ser de bendición no siempre se trata de grandes acciones. A veces es una palabra a tiempo, una actitud diferente, una paz que no se explica… una luz que simplemente está.

Hoy abrazo mi asignación con humildad y con fe.

Porque si Dios me envió, Él mismo se encargará de sostenerme, capacitarme y usarme.

Y aunque no escriba todos los días en este diario… mi vida seguirá siendo una carta abierta donde Dios escribe, día a día, su propósito.

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