La dulzura de la amada
Esta tarde, mientras me encontraba en la iglesia, en medio de la quietud y la presencia de Dios, sentí algo muy claro en mi corazón: Él quiere hacer una obra profunda en mí. No superficial, no momentánea… sino una transformación desde la raíz.
Han sido días en los que he sentido esa voz suave pero firme del Espíritu, mostrándome que aún existen áreas en mi corazón que necesitan ser sanadas. Raíces escondidas, silenciosas… pero reales: la amargura.
Y entendí algo que estremeció mi alma: Dios no puede derramar plenamente Su paz y Su amor en un corazón que guarda amargura. Porque la amargura endurece, enfría, contamina… mientras que Su presencia suaviza, restaura y llena de vida.
Un corazón donde habita Cristo no puede ser agrio. No puede ser áspero en sus palabras, ni duro en sus actitudes. Porque si Él vive en nosotros, entonces Su naturaleza debe reflejarse en lo que somos.
Dios no solo quiere visitarnos… quiere habitar en nosotros.
Y cuando Él habita, transforma.
Si anhelamos ser el deleite de Dios, debemos permitirle que arranque toda raíz que no proviene de Él. Aunque duela. Aunque incomode. Porque solo así puede brotar algo nuevo.
Su Palabra nos enseña que somos como una ofrenda para Él. Y si hemos de ser “comidos”, por decirlo así, debemos ser agradables, dulces, no amargos. Nuestra vida debe tener un sabor que refleje Su amor, Su gracia, Su ternura.
Hoy comprendí que ser llenos de paz no es solo un regalo… también es una decisión.
La decisión de soltar, de perdonar, de rendir todo aquello que contamina el alma.
Y en ese rendir, Él hace lo que nosotros no podemos: sana, limpia, transforma.
Hoy no salí de la iglesia igual.
Hoy salí con un proceso iniciado… uno que no termina en un momento, pero que comienza con una entrega sincera.
Señor, arranca de mí todo lo que no se parece a Ti.
Y haz de mi corazón un lugar donde Tu amor pueda habitar sin obstáculos.
Amén..
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