El que está limpio, límpiese más
Hay palabras que no solo se leen, se reciben.
Hoy el Espíritu Santo susurra con firmeza y amor una verdad que confronta:
“El que está limpio, límpiese más.” (Apocalipsis 22:11)
Muchas veces, como cristianos, caemos en una peligrosa comodidad espiritual. Creemos que por haber aceptado a nuestro Señor Jesucristo como único Salvador, por haber sido bautizados, servir en la iglesia y estudiar Su Palabra, estamos exentos de pecado.
Pero no, amigo mío. Esa confianza mal colocada puede convertirse en una puerta abierta.
La Escritura nos advierte que nuestro adversario, el diablo —que Jehová lo reprenda— anda como león rugiente, buscando a quien devorar. No descansa. No se distrae. Y no ataca al que vive alerta, sino al que baja la guardia.
Estar limpios no significa ser intocables.
Significa haber sido lavados por la gracia, pero llamados a permanecer en vigilancia.
Uno de los errores más comunes en la vida cristiana es confiar en nuestras propias fuerzas. Pensar: “Ya pasé esa etapa”, “eso ya no me afecta”, “yo controlo”. Cuando creemos estar firmes, es cuando más debemos examinarnos.
Porque la santidad no es un evento del pasado, es una decisión diaria.
Ponernos a cuentas cada día no es señal de debilidad, es señal de madurez espiritual. Reconocer nuestras faltas delante de Dios, rendir pensamientos, actitudes, palabras y motivaciones, es permitir que Su luz siga limpiando lo que a veces ni nosotros vemos.
El apóstol Pablo lo entendió claramente cuando dijo:
“Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”
En nuestra debilidad, Cristo se perfecciona. En nuestra humildad, Su gracia nos sostiene.
Este rhema no es condenación, es invitación.
No es acusación, es llamado.
Un llamado a no conformarnos, a no relajarnos, a no vivir de glorias pasadas.
Si estamos limpios por Su sangre, entonces limpiémonos más.
Más rendición.
Más dependencia.
Más santidad.
Porque el que ama a Cristo no solo huye del pecado,
persigue la pureza.
Oración
Señor, hoy nos rendimos delante de Ti.
Límpianos una vez más, examina nuestro corazón y quita todo aquello que no te agrada.
No permitas que confiemos en nuestras fuerzas, sino que dependamos cada día de Tu gracia.
Que el que está limpio, se limpie más, y que en nuestra debilidad Tu poder se perfeccione.
Amén.
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