Más allá de mis emociones, elijo bendecir
Salmos 103:1-2
“Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.”
Hay momentos en que el corazón se siente cansado. En que nuestras fuerzas parecen agotarse y la voz interior que una vez cantaba alabanzas, apenas puede susurrar. A veces el entorno se vuelve áspero: parece que todo lo que hacemos pasa desapercibido, que el esfuerzo no se valora, y que vivimos en una “monarquía” donde solo se espera obediencia sin comprensión.
Y es justo ahí, en medio de esas emociones tan humanas, donde el salmista nos invita a algo sobrenatural: a hablarle al alma.
No dice “siéntelo”, dice “bendice”. No dice “espera a estar bien”, dice “recuerda Sus beneficios”.
Porque bendecir a Jehová no depende de cómo nos sentimos, sino de quién es Él. Cuando decidimos levantar la voz y animar a nuestra alma a adorar, aun cuando no hay motivos visibles, estamos rindiendo nuestra voluntad y reconociendo que Él sigue siendo digno.
David entendía que el alma necesita dirección. Que hay días en que debemos predicarle a nuestro propio interior: “No te dejes llevar por lo que ves, recuerda lo que Él ha hecho. No olvides Su fidelidad. No olvides Su misericordia.”
Cada vez que elegimos decir “Bendice, alma mía, a Jehová”, aun con lágrimas o cansancio, estamos muriendo un poco más a nuestro yo, y dejando que Cristo viva en nosotros.
Y ese acto de obediencia silenciosa —adorar cuando duele, agradecer cuando no entendemos— se convierte en una ofrenda preciosa ante los ojos del Señor.
Así que hoy, si el viento te es contrario, si el entorno te oprime o las emociones te dominan, haz una pausa… y habla a tu alma.
Recuérdale quién es tu Dios. Recuérdale lo que Él ha hecho. Y dile con firmeza:
“Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.”
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