“Hermosos son los pies de los que anuncian buenas nuevas”

Romanos 10:14-15

“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!”

Hay una verdad que a menudo olvidamos en medio de nuestras rutinas espirituales: la salvación que hoy disfrutamos nos fue compartida por alguien que obedeció el llamado de anunciar el Evangelio.

Alguien se atrevió a hablarte de Cristo. Alguien dedicó su tiempo, sus lágrimas y su amor para que tú y yo conociéramos al Salvador.

Sin embargo, hoy parece que la Iglesia ha caído en un letargo. Muchos desean el pronto regreso del Señor, oran por su venida, anhelan el cumplimiento de las promesas… pero pocos están dispuestos a apresurar ese día haciendo la obra que Él nos encomendó: predicar las buenas nuevas a toda criatura (Marcos 16:15).

Es como si cada quien caminara mirando solo su propio bienestar, repitiendo con comodidad que “la salvación es personal”.

Sí, la salvación es personal, pero la misión es colectiva. Cristo no solo nos salvó para ir al cielo, sino para llevar a otros con nosotros.

El apóstol Pedro nos recuerda:

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.”

— 2 Pedro 3:9

Cada día que el Señor extiende su misericordia, es una oportunidad más para que alguien escuche de Él. Cada mañana que amanece sin que Cristo haya venido, es un recordatorio del amor de Dios por los perdidos.

Entonces, ¿qué estamos haciendo con ese tiempo de gracia?

¿Nos hemos conformado solo con cuidar nuestra propia vida espiritual, o estamos compartiendo el mensaje que puede transformar la vida de otro?

Jesús dijo:

“La mies es mucha, mas los obreros pocos.”

— Mateo 9:37

Y sigue siendo así. La cosecha está lista, el mundo necesita escuchar de esperanza, de redención, de un Salvador que aún perdona, sana y restaura.

No podemos quedarnos callados.

Cuando hablamos de Cristo, cuando extendemos una mano al caído, cuando compartimos una palabra de fe al desanimado o una oración al que sufre, estamos participando activamente en el plan eterno de Dios.

Y es entonces cuando nuestros pasos —aunque cansados o pequeños— se vuelven hermosos delante del Señor, porque llevan el perfume del Evangelio y la huella de su amor.

Reflexión final



Hoy el Señor nos vuelve a recordar nuestra misión.

No basta con esperar su venida… debemos anunciarla, debemos prepararle el camino.

Cada palabra que compartimos, cada vida que tocamos, cada testimonio que damos, acerca un poco más el día glorioso de su regreso.

Que nuestros pies sean hallados hermosos, no por dónde caminan, sino por el mensaje que llevan.

Y que al final, cuando estemos delante de su trono, podamos escucharle decir:

“Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu Señor.”

— Mateo 25:21




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