“El altar no es lugar de burla”

Esta noche me sentí muy incómoda… y lo confieso, porque mi alma no puede callar cuando algo dentro se agita ante lo sagrado. Me duele ver cuando el altar, ese espacio donde la gloria de Dios desciende, se convierte en un lugar de ligereza, de bromas o actitudes que no reflejan el temor del Señor.

El altar no es un escenario. Es un territorio santo, donde se ofrece adoración genuina y el corazón se rinde ante Su presencia. Desde los tiempos antiguos, Dios estableció que todo lo que se hiciera en Su casa debía ser con reverencia y pureza:

“Guardad vuestros pies cuando fuereis a la casa de Dios, y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal.”

(Eclesiastés 5:1)

“Y Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario y pusieron en ellos fuego extraño delante de Jehová, lo cual Él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los consumió.”

(Levítico 10:1-2)

Dios es misericordioso, pero también es santo. Y Su santidad demanda respeto. No se trata de exagerar ni de juzgar, sino de recordar que el altar no se improvisa: se honra.

A veces, cuando no somos los líderes ni los pastores, sentimos las manos atadas ante estas situaciones. Pero ahí es donde el Espíritu Santo nos enseña otra forma de actuar: interceder. Orar por quienes sirven, pedir que Dios limpie el ambiente espiritual y que en Su amor traiga convicción a los corazones.

“El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad.”

(2 Timoteo 2:24-25)

Y mientras tanto, cuidar nuestro propio corazón. Que nuestro celo no se convierta en enojo, sino en clamor. Que nuestra incomodidad sea transformada en intercesión. Porque Dios ve y escucha el clamor de aquellos que aman Su presencia.

“Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones.”

(1 Pedro 3:12)

Quizás no podamos corregir lo que no está en nuestras manos, pero sí podemos cuidar que nuestro espíritu no se contamine. Podemos seguir sirviendo con temor santo, adorando con el corazón correcto y recordando que Dios siempre honra a los que le honran.

“A los que me honran, honraré.”

(1 Samuel 2:30)

Y aunque duela ver ciertas cosas, el Señor sigue siendo el mismo: sigue buscando corazones que le adoren en espíritu y en verdad. Que cuando miremos el altar, nunca olvidemos que ahí no se juega, ahí se adora.

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