Necesitamos la unción del Espíritu Santo… para morir

Cuando pensamos en la obra del Espíritu Santo, solemos relacionarla con poder, dones, dirección y revelación. Pero hay una dimensión esencial y a menudo olvidada: la unción para morir. No hablo de una muerte física, sino de morir a nosotros mismos, a nuestro orgullo, a nuestras pasiones, a nuestra voluntad… para que Cristo viva en nosotros (Gálatas 2:20).

En los evangelios, encontramos una escena profundamente simbólica: una mujer, con un frasco de alabastro lleno de perfume muy costoso, se acerca a Jesús y lo unge (Mateo 26:6-13; Marcos 14:3-9; Juan 12:1-8). Algunos discípulos se indignan por lo que consideran un desperdicio, pero Jesús declara algo poderoso:

“Ella ha hecho esto en preparación para mi sepultura” (Mateo 26:12).

La unción precedió a la cruz.

Así también nosotros, si queremos seguir verdaderamente a Cristo, necesitamos ser ungidos por el Espíritu Santo para morir al yo, para cargar nuestra cruz cada día. La carne no quiere morir. Nuestra naturaleza busca el reconocimiento, el aplauso, el control. Pero el Espíritu nos guía en la senda del sacrificio, de la rendición, del quebranto.

Un frasco roto

El perfume no llenó la habitación hasta que el frasco fue quebrado.

Así también la fragancia de Cristo no se revela en nosotros hasta que nuestro “frasco” —nuestro ego, nuestra autosuficiencia— es roto por completo. Y es el Espíritu Santo quien nos lleva a ese punto. No se trata de un acto emocional ni de un simple deseo de “mejorar”; se trata de ser transformados por dentro, rendidos por completo, ungidos para morir.

Morir… para vivir

La unción de esa mujer preparó a Jesús para su muerte… pero su muerte preparó el camino para nuestra vida eterna.

Cuando tú y yo permitimos que el Espíritu Santo nos unja y quebrante, algo muere… pero algo glorioso comienza a nacer: una vida que ya no gira en torno a nosotros, sino a Cristo.

En estos tiempos donde todo gira en torno al “yo”, necesitamos más que nunca la unción que nos haga desaparecer, para que Él sea todo en todos.

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24).

Comentarios

Entradas más populares de este blog

¿La humildad es un valor o un fruto del Espíritu?

Cantar bien: más que gritar o alcanzar notas agudas

🎼 Serie: El Corazón del Salmista