Una lección de humildad en el altar

Quiero contarte una anécdota del pasado que marcó mi corazón y me dejó una valiosa lección de humildad.

Nos habían invitado a participar en un evento especial que se llevó a cabo en un anfiteatro en San Miguel. Estábamos emocionados, y no era para menos: nuestra participación sería antes de la de Juan Carlos Alvarado y Danilo Montero, dos de los salmistas más reconocidos en aquel tiempo. Qué privilegio más grande, pensábamos. Para nosotros, era como compartir el escenario con gigantes de la fe.

Pero ese día aprendí algo que nunca olvidé. Fue una lección silenciosa, pero poderosa. Mientras nosotros ministrábamos, uno de ellos —no diré quién, porque no se trata de señalar— decidió quedarse en la salita privada que le habían asignado para descansar. El otro, en cambio, se sentó en primera fila y se unió en adoración con nosotros, como uno más del pueblo.

Esa imagen quedó grabada en mí: un salmista reconocido, con años de ministerio y renombre, sentado entre la gente, adorando con sencillez. Su presencia allí no era solo un gesto de cortesía; era una declaración. Nos estaba diciendo, sin palabras, que un verdadero salmista no se comporta como un artista, sino como un adorador. Que no se ministra solo desde el altar, sino también desde la silla. Que nuestra actitud, aun cuando no sostenemos el micrófono, también habla.

Desde entonces entendí que el llamado del salmista no es a ser visto, sino a ser ejemplo. Todos tienen la mirada puesta en nosotros —sí—, pero lo que más impacta no es la calidad de nuestra voz, sino la humildad de nuestro corazón.

Ministramos cuando adoramos desde la plataforma, pero también cuando nos sentamos en silencio a escuchar. Porque el altar no es un escenario, y nosotros no fuimos llamados a brillar, sino a reflejar.

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